miércoles, julio 6HOLA OCAMPO!!

Traigan la cabeza de Paul McCartney | La verdadera historia del beatle falso 



Uno de los rasgos distintivos a la hora de separar al hombre de la bestia -con la puntual excepción de ballenas y lemmings- acaso sea la feliz propensión del primero a la psicosis colectiva que puede llevarlo a danzar junto a las hogueras del nazismo como, por ejemplo, sostener conjuras mucho más modestas pero no por eso menos atendibles. Uno de los ejemplos más bizarros de semejante delirio -una historia digna de un capítulo doble de Los Expedientes X fue la fiebre «Paul está muerto» a fines de los 60. La vigorosa leyenda urbana aseguraba que un tal William Campbell -sosías «descubierto» por el aparato beatle a partir de un concurso de dobles- había ocupado el sitio del bajista zurdo para asegurar la continuidad de la banda más exitosa de la historia de la música popular.

La noticia -de haber sido cierta- debería haberse anunciado más o menos así: diarios girando sobre sus propios ejes, títulos catástrofe, fotos amarillas y en blanco y negro del beatle más lindito y preferido por las madres y las tías, ahora definitivamente decapitado y poco presentable. Enseguida, funerales masivos, banderas a media asta y la blasfemia de buscar y encontrar un sustituto o la bendición de separar la banda.

La hipótesis empezó -a partir del 12 de octubre de 1969- con mucha más cautela y sin nada de pompa y circunstancia. Un desconocido que se presentó como apenas «Tom» llamó por teléfono a a Russ Gibb -disc-jockey radial de la estación underground WKNR-FM de Detroit- y le sugirió al aire que prestara atención a ciertas canciones de los Beatles. La mecha estaba encendida, varios disc-jockeys y periodistas universitarios se sumaron al velorio del éter y, por una vez, la canción tardaría en volver a ser siempre la misma, porque ahora la canción se llamaba «¿Murió Paul?», y a la altura del estribillo se respondía «Paul está muerto».

La única imagen conocida de William Campbell, aparecida en el Álbum Blanco. 

Según cuenta Chris Silewicz en su biografía McCartney, la «versión oficial» era la siguiente: «En noviembre de 1966, Paul fue a pasar unos días a la casa de su padre. Una tarde, después de fumarse un porro, Paul salió a dar una vuelta en moto, resbaló, salió despedido sobre el manubrio y cayó de cara contra el pavimento, cortándose su labio superior. Para evitar publicidad, se llamó al médico  de la familia, quien cosió la herida. De ahí el bigote de McCartney circa Sgt. Pepper´s para ocultar la cicatriz».

La «verdad oculta» era muy diferente: McCartney habría dejado los estudios de Abbey Road luego de una violenta discusión con Lennon -quien ya comenzaba a sentirse peseguido por la fertilidad creativa y los aires un tanto preopotentes de su socio a la hora de los corazones solitarios- conduciendo a toda velocidad su Aston Martin para estrellarse y morir decapitado en uno de los tramos más resbalosos de la autopista M1. No está de más consignar aquí que la fatídica fecha en cuestión (transparente acto fallido, si los hay, dentro de la mitología beatle) coincide con la realidad: ese 9 de noviembre de 1966 fue la histórica jornada donde muchos creen se lamenta el principio del auténtico final, el día en que John conoció a Yoko.

El rumor del crash de McCartney llegó a aparecer en la edición de febrero de 1967 del fanzine Beatles Book Monthly y fue prontamente olvidado, hasta que resurgió con la fuerza de un huracán histérico -nada es del todo casual- a finales de una década en la que se había asegurado que todo lo que necesitabas era amor y el dinero no podía comprarlo. 

Paul posa para el Álbum Blanco con una cicatriz en el labio superior.

Un libro de reciente aparición, tan exhaustivo y esclarecedor como involuntariamente desopilante –The Walrus Was Paul: The Great Beatle Death Clues of 1969, por R. Gary Patterson (Dowling Press, Inc.)-, recorre pista por pista y nota por nota el crescendo de la fiebre a la vez que plantea interesantes reflexiones a la hora de justificar semejante aberración sociológica: el lado más oscuro de la beatlemanía. Para Patterson, el fracaso de la revolución acuariana, los asesinatos de Martin Luther King, Malcolm X y los Kennedy y la desconfianza paranoide por las cada vez más dudosas «explicaciones oficiales» conformaron el terreno propicio para vovler verosímil una muerte secreta y beatle. Después de todo: ¿no se habían retirado los Beatles de las giras y los escenarios para siempre? ¿No eran los cuatro músicos de Liverpool las personas más famosas del planeta? ¿No había asegurado uno de ellos que -sacrilegio de sacrilegios- «eran más famosos que Cristo»? Un pueblo como el norteamericano -puritano y temeroso de Dios y sin nada del proverbial humor inglés- era el mejor ratón de laboratorio, a la hora de experimentar con la idea de un atemporal castigo bíblico, bien reforzado por circunstancias coyunturales (léase, el signo de los tiempos).

En su libro, Patterson no se resigna a detenerse allí, ni tampoco en la puntillosa enumeración de «señales», sino que se sumerge de lleno en el corazón de las tinieblas de la cuestión. Para Patterson, el misterio verdadero no pasa por la presunta muerte de McCartney, o por el absurdo de que el nuevo Paul McCartney fuera más talentoso que el viejo. El enigma más atendible era y sigue siendo éste: ¿cuánto ayudaron los Beatles a la propagación del virus? Las fechas coinciden y el punto de partida -que, en un claro exceso de irracionalidad, no demoró en ir hacia atrás, encontrando supuestas claves en sitios y días previos al supuesto accidente- es la célebre cubierta de Sgt. Pepper´s que aparecería en junio de 1967. Ergo, entre febrero y junio sobraba tiempo para avivar el fuego y azuzar a la bestia que, dos años después, llegó a alcanzar las alturas de un programa de televisión -del que misteriosamente no se conservan los tapes- donde llegó a presentarse un «examen sónico» de ambos McCartney, en el cual quedaba claramente demostrado que se trataba de dos personas diferentes (o, quién sabe, de la voz del siempre juguetón John Lennon alterada por la pericia del productor George Martin).

McCartney, tapa de Life, en plena histeria sobre su presunta muerte. 

Desde entonces -insinúa Patterson- proliferan los indicios plantados adrede con la anuencia de un McCartney más que entusiasmado por la hasta entonces inédita maniobra comercial. Lo cierto es que el episodio repecutió generosamente en los bolsillos de varias bandas que grabaron canciones sobre el tema y, particularmente, en las arcas del grupo, bastante golpeado por la debacle económica de su fallida empresa Apple, donde demasiados amigos cobraban demasiados sueldos por hacer demasiada nada.

Con el correr de los años y de las tapas de discos, los Beatles nunca comentaron demasiado el episodio (McCartney ofreció en su momento una poco entusiasta exclusiva a Life, con una cubierta que, puesta al trasluz, transparentaba una publicidad de Aston Martin sobre la cabeza de Paul), pero sí se permitieron alguna que otra humorada. McCartney tituló su último disco en vivo Paul is Live parodiando la cubierta de Abbey Road, y su participación en Los Simpson lo mostró contándole a la pequeña Lisa el secreto de que si, se escuchaba «Maybe I´m Amazed» al revés, se obtiene la receta «para una magnífica sopa de lentajas». Lennon -mucho más sarcástico y desde una canción de Imaginecriticó la música de su ex compañero con un «esos freaks estaban en lo cierto cuando dijeron que estabas muerto» y, en la célebre entrevista para Rolling Stone de 1971, cerró el caso: «Todos se divirtieron mucho, pero era puro bullshit. Pero con estilo».

Tiempo después el rumor fue otro y el rumor fue cierto. Ahora era John está muerto. Y ahí estaban las tapas de diarios y las fotos del muerto y, claro, las señales que estaban ahí desde antes. Lennon sabía que iba a morir así: «La felicidad es un revólver caliente»; «Me van a crucificar» (en el estribillo de «La balada de John y Yoko»), y todo eso. En su prólogo al libro, Patterson recuerda que escuchó la noticia del asesinato de Lennon en la radio, mientras cargaba nafta. Y fue feliz, porque semejante patraña sólo podía significar que los Beatles volvían a estar juntos. Entonces se rió, pensando que los buenos chistes, los chistes bien contados, nunca pierden la gracia.  

1993: Paul parodia la portada de

Elemental, querido Pepper

No alcanza el espacio de varios Radar para agotar las «evidencias incontestables» y las «pistas firmes» -diseminadas a lo largo y ancho de canciones y cubiertas de discos de los Beatles- alrededor de la supuesta muerte de Paul McCartney y su posterior reemplazo por el golem/clon/doble de un actor huérfano y escocés llamado William Campbell, también conocido como «Billy Shears» a partir de su presentación formal en los primeros tramos de Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. A continuación, y a modo de servicio para paranoicos en busca de una obsesión para su álbum, se incluye esta modesta pero reveladora anthology sobre el asunto.

● RUBBER SOUL. El título contiene siniestras referencias –almas y neumáticos– que bien pueden llegar a aludir a un accidente automovilístico. ¿Y qué decir de esa cancioncita llamada «Drive My Car»?

● THE BEATLES YESTERDAY AND TODAY. ¿Ayer y hoy? ¿Nuevos Beatles? ¿Por qué Paul aparece adentro de un baúl/ataud? ¿Por qué fue suplantada la tapa original donde Paul aparecía ensangrentado y rodeado de muñecas sin cabeza?

Las dos portadas que tuvo el compilado

● REVOLVER. ¿Paul de perfil y los demás de frente? ¿Por qué la letra de «Got To Get You Into My Life» empieza: «Yo estaba solo, / me fui de paseo / sin saber lo que encontraría allí»

● SGT. PEPPER´S LONELY HEARTS CLUB BAND. Todos los indicios, el indicio. Y -para muchos- la certeza, en el más analizado de todos los álbumes. Los Beatles sobre una tumba. Las flores conformando un bajo zurdo: el instrumento de Paul. Si se pone un espejo de manera transversal contra el tambor con el título del álbum, se puede ver una flecha señalando a McCartney y el mensaje I ONE IX HE DIE (sugiriendo que el 9 de noviembre Paul fue). La mano abierta sobre la cabeza de Paul, señal de muerte en varias religiones orientales. En la contratatpa, McCartney es el único de los Beatles que posa de espaldas, y puede leerse el verso «Nunca percibimos la verdad hasta que estamos muertos» (de la canción «Within You Without You»). En la misma foto, el índice de Harrison señala el comienzo de la letra de «She´s Leaving Home»: «Miércoles por la mañana, son las cinco», hipotéticas fecha y hora del accidente. La alusión a la decapitación en «A Day In The Life» («He blew his mind out in a car»: que equivale tanto al luctuoso y lieral «perder la cabeza» como a los más lisérgicos «le voló la cabeza» o «pasarse de revoluciones»). En la foto interior del álbum, en el uniforme de McCartney, aparece una insignia donde se lee OPD, sigla que en la jerga policíaca de Scotland Yard equivale a Officially Pronounced Dead o «declarado muerto oficialmente» (Paul McCartney alguna vez aclaró el origen canadiense de la insignia y su probable pertenencia al Ontario Police Department).

● MAGICAL MYSTERY TOUR. Los Beatles aparecen vestidos como animales, uno de ellos como una morsa negra, lo que en Escandinavia simboliza la muerte. El título del álbum, invertido y frente a un espejo, ofrecía el número de teléfono de una funeraria, donde se informaba a los fans sobre la verdad y nada más que la verdad. El teléfono en cuestión pertenecía a un periodista de The Guardian, quien casi enloqueció víctima de llamadas de larga distancia siempre a la madrugada. En «I Am the Walrus», Lennon insertó «al azar» fragmentos de una dramatización radial de King Lear, donde se oye: «¿Que ha muerto él?» «Entierren mi cuerpo» y «¡Oh, ha muerto antes de tiempo!». En el cuadernillo interior, Paul aparece -otra vez- con una mano sobre su cabeza, sentado en un escritorio donde hay un cartel que dice I Was («Yo fui»). En el clip de «Your Mother Should Know», los Beatles bajan por una larga escalera con claveles rojos en sus solapas, salvo Paul, cuyo clavel es negro.

● THE WHITE ALBUM. El blanco como leitmotiv, color de luto para varias sociedades religiosas del Lejano Oriente. La foto central de Paul con una cicatriz sobre el labio superior delata una cirugía plástica. Otra foto de Paul, perseguido por «manos espectrales». La primera, única y borrosa «foto oficial» de William Campbell antes de pasar por el quirófano. Harrison lloriquea un «Paul…Paul…Paul…» al final de «While My Guitar Gently Weeps». Los múltiples mensajes reversibles escondidos en «Revolution 9». El obvio «Why Don´t We Do It In The Road?» («¿Por qué no lo hacemos en la ruta?»). La «confesión» de Lennon en «Glass Onion»: «La morsa era Paul».  

● ABBEY ROAD. La aventura continúa. La ya célebre «procesión funeraria» de la tapa, con un McCartney impostor ocupando el sitial del occiso: descalzo, con el paso cambiado y sosteniendo un cigarrillo en su distra cuando todos saben que Paul era zurdo. La matrícula del Wolkswagen con un 28IF, la edad del beatle si («if») estuviera vivo. Lennon y su «uno y uno y uno son tres» -en «Come Together»-, reconociendo que los Beatles eran un trío. En la contratapa, la sombra sobre la palabra BEATLES tiene la forma de una calavera.

●LET IT BE. En la canción que da título al álbum, el falso McCartney pide «resignación», ahora que los Beatles ya no son un grupo. En la cubierta, la foto de Paul es la única con fondo rojo sangre. 

Separada la banda, siguieron detectándose síntomas en los diferentes discos de los Beatles, siendo el más indiscutible, para muchos, el pésimo nivel de casi todos los trabajos en solitario de McCartney: «Vamos, ése no puede ser McCartney; Paul tiene que estar muerto».

La versión original de esta nota fue publicada en en el suplemento Radar de Página/12 el  29 de junio de 1997.



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