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Horacio González, tan cercano como siempre | Homenaje en la Biblioteca Nacional, a un año de su muerte



Se cumplió un año de la muerte de Horacio González y sus amigos, su familia, sus discípulos, sus lectores, sus editores, quienes admiraron su obra pero también al hombre que fue, lo recordaron con una «maratón» en la Biblioteca Nacional, el lugar al que el sociólogo le imprimió su sello, en una gestión de puertas abiertas y abierta también al debate y la incorporación permanente de temas, que fue para él una suerte de segunda casa. Hubo música, palabras, libros, recuerdos, a lo largo de toda una tarde que culminó con asamblea, micrófono abierto en el que se volcaron todos los recuerdos y emociones, y choripaneada. «Horacio fue un hombre de la conversada amistad, y queremos que este día sea contraeña para todas las conversaciones«, explicaron desde la biblioteca. 

«Ante la muerte, todos somos extranjeros», citó Liliana Herrero, su compañera de vida, a Horacio González. «La extranjeridad, esa suerte de extrañeza espantosa con que nos encontramso ante la partida, nos hace estar como estoy yo hoy aquí: riendo, llorando, diciendo chistes bobos, todo a la vez…», se emocionó. 

La jornada incluyó posta de editores y micrófono abierto.

El Gran Telépata  

La maratón comenzó temprano al mediodía en la sala de lectura de quinto piso con una «Posta de lectura», en la que pusieron voz a los textos, entre otros y otras, Cristina Banegas, Rita Cortese, Alejandra Flechner, Guillermo Korn, Ezequiel Grimson, y la coordinación y selección de textos de María Pía López y Eduardo Rinesi. 

Siguió en el auditorio Jorge Luis Borges, con la música como consigna. Pero hubo también palabras. Las de Fito Páez tuvieron forma de carta y las leyó Cecilia Roth. «Qué joia, la suavidad de su charla. Sus puntos de vista insólitos. Su impericia para estar en los lugares correctos. Su desconocimiento total de todo lo referido al sentido común. Figura desconcertante mi amigo», lo recordó el cantautor. «Comparto con él la dimensión de lo etéreo. De la metafísica y la física cuántica. Del desgarro y la desesperación junto a la máquina de escribir de madrugada. Los llamados son como siempre. Uno habla de una cosa y el otro de otra. Siempre nos entendemos, sin excepción. El Gran Telépata Astronauta Cósmico Argentino llamado Horacio González sigue girando alrededor de las esferas celestes. Nos saluda desde allí y nos abriga desde su muerte. Aquel no lugar, igual que este», lo ubicó.

También Hebe de Bonafini tomó la palabra, a través de un video en el que se dirigió a él. «Hola Horacio, cómo estás? ¿Por dónde andás? ¿Estás viendo lo que pasa acá abajo? Espero que no… ¡Cómo te extrañamos…! Andamos exhumando todo lo que vos escribiste», le contó. «Por suerte están tus cosas, todo lo que vos escribiste. Tus libros tienen que caminar, para la juventud. Cómo te queremos, cómo te necesitamos… En algún momento nos vamos a encontrar», le dijo, cerrando con el saludo con el que lo hacía reír: «Hasta siempre, Comandante».  

Retrato de la artista plástica Nora Basilio.

Amarrado al recuerdo

Hubo más palabras, como las de María Moreno. La «posta musical» tuvo participaciones de amigos de Horacio y Liliana que son también admirados artistas. Teresa Parodi, Lidia Borda, Juan Falú, Diego Rolón, Pedro Rossi, Ariel Naón, Mariano Agustoni, Daniel Godfrid, Ezequiel Parodi, llevaron su música al auditorio de la Biblioteca Nacional. También terminó cantando Liliana Herrero, a pesar de que su rol era de coordinadora. Fue en el final, cuando todos juntos entonaron «Niebla del riachuelo», un tango favorito de Horacio. 

«En las calles de San Pablo, él estaba siempre con un libro bajo el brazo, por entonces no sabía exactamente quién era», lo recordó Falú, en los tiempos de un exilio que él evitó siempre definir así («como si no quisiese correr con esa ventaja», apuntó más adelante en la tarde el filósofo Eduardo Rinesi). «Bastó ir a una reunión y escucharlo para que sintamos la necesidad de su presencia. De allí en más, nos quedó claro que él tenía que estar en los momentos importantes», recordó Falú, pidiendo disculpas por la interrupción de sus lágrimas. 

Cantó una composición de la obra Mojones, que creó junto a Parodi y Herrero, «y también con Horacio, que se hacía el distraído pero estaba ahí escuchando en todos los ensayos», contó entre risas. Llegó luego «Los sueños que no perdimos», el tan bello «gato a Horacio González», que integra la misma obra, de Parodi y Falú. «Partimos de la idea de que no sólo había que homenajearlo en este trabajo que él acompañó. Sino que él mismo fue y es un mojón en la historia de la Patria», explicaron.

Hubo más postas: La de editores, la «Horaciada». Se descubrieron dos retratos de la artista plástica Nora Basilio; uno en el Museo del Libro y de la Lengua, que desde hoy llevará el nombre de Horacio González. El director de la biblioteca, Juan Sasturain, la diputada Mónica Macha, el filósofo Ricardo Forster, el editor Aurelio Narvaja, estuvieron entre los presentes. Y también el ministro de Cultura, Tristán Bauer, que celebró el cambio de nombre del museo como «un acto de justicia». «Gracias Horacio González por tu vida, tu actitud y tu dignidad. Queda aquí tu nombre y tu corazón. En el pueblo argentino queda siempre tu ejemplo», expresó. 

Sintiéndose un poco extranjeros, todos y todas dijeron, de un modo u otro, algo de ese orden, cargado de gratitud. 



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