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Sergio Kowalewski, el fotógrafo que presenció la Masacre de Avellaneda | A veinte años de los crímenes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán



«Yo ví cómo lo mataban», fue el título de la portada de Página/12 el 28 de junio de 2002, un día y medio después de la represión en el Puente Pueyrredón con la que el gobierno de Eduardo Duhalde impidió la protesta prevista aquella jornada por las organizaciones piqueteras de desocupados que pedían comida y trabajo. «Un testigo muestra con sus fotos cómo la policía, con el jefe del operativo a la cabeza, mató al piquetero Santillán», decía la bajada de la edición que publicó las imágenes de la secuencia del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, en la estación Avellaneda, a manos de los policías bonaerenses encabezados por el ex comisario Alfredo Fanchiotti. El «testigo» fue el autor de esas fotos, Sergio Kowalewski, quien veinte años más tarde dice: «No me di cuenta que estaban disparando balas de plomo, si no me hubiera movido de otra manera, no es agradable saber que mataron a alguien delante tuyo. Había muchas cámaras y los tipos estaban cebados, cuando pasa eso es porque hubo una orden de arriba».

Descendiente de ucranianos, bielorusos y siberianos, Kowalewski nació hace 63 años en Berisso, estudió Ingeniería y desde los 12 años militó en la Federación Juvenil Comunista, la Fede. «No reniego de lo que me enseñó gente muy valiosa, pero empecé a tener un pensamiento propio para decodificar la realidad; en el ’75 tuve un encontronazo con la Triple A acá nomás», dice a Página/12 sentado en el bar que abrió con sus hijos para vender cerveza artesanal pero que la pandemia mantuvo cerrado, en el mismo barrio donde nació, donde también mantiene el local de fotografía de eventos sociales fundado por su padre. 

«Recuerdo el perfil, la gorra y la Itaka del comisario, que luego aparece en el Fiorito sin la gorra. Entró al hall de la estación a los tiros junto a otro oficial delgado al que le quedaba grande la chaqueta, y le dispararon al pibe por la espalda, a unos cinco metros. Después supe que era Darío Santillán”, fueron las primeras palabras de Kowalewki cuando pisó la redacción de este diario el 27 de junio de 2002. Horas más tarde, las imágenes y su declaración testimonial fueron aportadas al juzgado de Marisa Salvo por los abogados de la Correpi Claudio Pandolfi y Sergio Smietnianski, en la causa por aquel operativo del que participaron las policías Bonaerense y Federal, la Prefectura y Gendarmería.

El 5 de junio de 2002 las Madres de Plaza de Mayo habían tomaron la Catedral de Buenos Aires «en protesta por el hambre que sufren los chicos de este país». El único fotógrafo adentro con ellas hasta que la policía hizo el desalojo fue el Ruso Kowalewski, que ya militaba en la agrupación creada por Hebe de Bonafini. «Suelo estar en aquello que considero disruptivo, aunque no venga de una mirada marxista clásica, y tanto los MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) como las Madres lo eran en ese momento, algo que cuestionaba los cimientos del sistema desde lo popular. Los MTD eran una forma de dar vuelta la herramienta que te daba el sistema para contener la situación social». Alejado ya de esas organizaciones, su refencia actual es la activista mapuche Moira Millán.

«Teníamos críticas de que éramos asistencialistas por parte de la izquierda, pero cuando vieron que con eso también se podía construir aparecieron todos los apéndices del MTD –dice–. No podés fragmentar el movimiento de masas creando conflictos que no son los que se viven en los barrios. Incluso la caracterización que hacía en aquel momento el Partido Obrero previa al 26 era que se trataba de un gobierno débil, y nosotros estábamos seguros de que se venía la represión fuerte, por eso se decidió que ese día se marchaba sin mujeres ni niños. Era clavado que iba a haber represión. Sabíamos que iba a ser fuerte con balazos de goma y gases, pero no imaginé que iban a estar disparando con plomo.»

En una carpeta negra conserva las copias de la secuencia fotográfica, la abre y comienza a hacer la misma reconstrucción que hace dos décadas. «Las imágenes probaron que Darío estaba vivo antes de que entrara la policía, había ido con una cámara analógica y sin flash». El 26 de junio de 2002 fue miércoles. Había llegado temprano y subió al puente para ver mejor el despliegue, y le pareció extraño que un cordón policial había quedado con manifestantes por la espalda. «Una columna venía de la estación Avellaneda, la otra por avenida Mitre, se iban a encontrar abajo del puente, y había algo a contrapelo de la seguridad inclusive de la propia policía, quedarse en el medio con un cordón desperdigado era solo para generar la provocación.» Y así fue. Cuando se desató la represión la mayoría de los medios se quedó registrando los destrozos de locales y vehículos, pero Kowalewski siguió el devenir de la cacería de militantes que comenzaba por las calles, viendo cómo algunos intentaban el aguante a pedradas para que los policías no avanzaran tan rápido y la mayoría pudiera escapar. Mientras se acercaba a la estación de tren vio grandes charcos de sangre sobre la vereda, que luego supuso eran de las heridas de Kosteki.

Ahí se encontró frente al comisario Franchiotti, le dijo que pararan, que ya la gente se estaba retirando, que la dejaran irse porque si entraban a la estación iba a ser una masacre. Fanchiotti hizo su numerito de víctima lastimada, había sido herido en el cuello cuando encendió la mecha del operativo. «Le respondí que ellos estaban con fierros y los manifestantes con gomeras, mientras el comisario me mostraba la herida como diciéndome ‘ésta me la voy a cobrar’”. La primera fotografía de su secuencia es Fanchiotti entrando a la estación con su escopeta en posición de tiro.

Cuando Kowalewski se metió en la estación vio a Maximiliano rodeado de gente. Santillán está arrodillado tomándole la mano, mientras otro chico trata de hacerle algún tipo de asistencia médica. 

«Recuerdo ver a Fanchiotti y Acosta en posición de tiro hacia quien termina cayendo, siento el disparo, y cuando llego al hall veo a Santillán caído frente a la columna en el patio delante del kiosko. La siguiente toma es cuando los dos policías corren a uno de los chicos, vuelven, lo ven tirado, se acercan y comienzan a revisarlo, hasta que se lo llevan». El fotógrafo tenía una lente que lo obligó a estar muy cerca de la escena. «No había visto el chorro de sangre», señala. «Así los hijos de puta lo subieron igual a la camioneta para llevárselo».

Al volver a la estación observó al policía Carlos Quevedo que estaba moviendo el cuerpo de Kosteki. «No largaba la escopeta, me quedé mirando eso hasta que en un momento se agacha y me pareció que era el cazador con la presa sin soltar su arma, y justo salió con esa mueca como si estuviera riendo, no puedo saber si fue así realmente».

Orden de arriba

Cuando el fotógrafo salió del lugar no tenía conciencia real de lo sucedido y lamenta no haberse dado cuenta que estaban disparando balas de plomo. «Había muchas cámaras y los tipos estaban cebados, cuando pasa eso es porque hubo una orden de arriba, estaban seguros de lo que hacían, hubo 32 heridos de bala, lo dijo el propio (Felipe) Solá, sabés que cuando les soltás la rienda a los perros pasa esto».

Antes de revelar las fotos, Kowalewski tampoco supo que tenían el valor de pruebas. Se fue al hospital Fiorito, hasta donde había llegado la represión, al igual que en el local de Izquierda Unida donde dispararon balas de plomo a quemarropa. Al día siguiente se indignó al ver que los títulos de los diarios no tenían nada que ver con lo que había pasado. «Se mataron entre ellos, las armas tumberas que nunca hubo porque la gente se defendió con piedras. Fui a revelar en un laboratorio de La Plata, vi lo que tenía copiado y me comuniqué con Cherco (Smietnianski, de la Correpi) para decirle que tenía fotos que probaban que Darío estaba vivo antes que la policía ingresara a la estación, que era lo que negaba Fanchiotti«. 

El fotógrafo destaca que no fue el único en tener el registro de la masacre. «Pepe (Mateos) llegó a Clarín y dijo ‘lo mató la policía’, no le creyeron, lo negaron y terminaron haciendo la tapa que hicieron. La secuencia de Pepe era tan elocuente como la mía para cualquier redacción». Sin embargo, se resiste a la idea de que las fotos modificaron la historia. «Sin duda sirvieron las imágenes, pero la sociedad estaba sensibilizada por la crisis de 2001, fueron en todo caso un disparador que llegó a la cabeza de la gente y así se produjo el vacío de poder, la condena social que tiene Duhalde, pero es difícil probar la responsabilidad política a pesar de la persistencia de las familias de las víctimas».

— ¿Qué significó esa jornada en lo personal?

— Es como un orgullo amargo. Orgullo por haber sostenido en los hechos lo que digo de palabra, nunca cruzó por mi cabeza negociar o vender las fotos. Amargo porque hubiese querido no ver cómo mataban un pibe delante mío, y en ese momento no haber podido intervenir, uno viene de una formación disciplinada donde la militancia le dábamos mucho valor al cuidado de la vida. Nunca hablé con el padre de Darío, los fotógrafos no somos más importantes que ellos, nosotros fotografiamos las luchas en las que ellos ponen el cuerpo, no lo ponemos de la misma manera. Incluso hoy me cuesta sacar fotos en marchas, siento que los estoy exponiendo a que quizás les armen una causa. Después de lo que pasó, estuve un mes sin poder agarrar la cámara. 

— ¿Y en lo político?

— El 26 fue un punto de inflexión, y lo loco es que 20 años después tenemos al Fondo Monetario dictando la política económica, me pregunto por qué desde nuestro campo no hemos podido consolidar un espacio que nos aglutine. Otra vez hay que acortar el gasto y cercenar derechos, en 2002 una parte de la sociedad se sintió solidaria por un poquito de tiempo, y en ese momento nadie se atrevió a justificar lo que pasó. Pero años más tarde con Santiago Maldonado y Rafael Nahuel hay una sociedad que sigue pidiendo mano dura, un corrimiento global hacia la derecha, y acá con una mirada proto fascista, donde el piquetero es una mierda y el mapuche es terrorista, es un clima que habilita a matar sin que a nadie le importe. 



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