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Marc Chagall y su prestigio eterno | De Arte no entiendo nada 



Si la posta es lo etéreo, creer en la realidad es perderse en tiempo y espacio. De esta forma empezaría a pensar lo inspirador de la obra del pintor nacido en Bielorrusia.

Chagall es perceptivo a todo el universo, y la obra, en ese plan, se ríe con ganas del clisé que imponen las lecturas contemporáneas de un proceso creativo que vive en la atemporalidad. El prestigio amateur del arte generalmente cae en el disparate de pensar lo etéreo como algo perdido, que no entiende nada más que su órbita y desconecta el cable a tierra.

Por ello hay que estar atento al costado mersa de la belleza impuesta, porque en ese tablero aflora la falsa reputación y entra en crisis el verdadero prestigio que es lo auténtico.

Pensar la existencia con medida de profundidad en la pisada que dejamos, me hace pensar que la marca de la huella que deja una vida como la de Marc Chagall, pone en jaque a esta época sin espíritu. Transitamos un tiempo con líderes que no lideran la determinación de una nueva esperanza, con entusiasmo viejo.

La galería que expone conquistas pasadas, porque puede ejercer la violencia física o discursiva, confundiendo esa acción negativa con «la honestidad brutal», está montada al peor defecto que construyen las imposturas intelectuales.

El ejemplo más contundente es el hit que funcionó en un verano, y se repite a sí mismo, para seguir choreando, como diría mi amigo Lalo, que se puso un mercado de economía popular en Recoleta.

Por ello, la agonía de los viejos prestigios ya es un hecho fáctico en todos los mundos nuevos y, como una pintura de Marc Chagall, el color de la verdad toma “La crucifixión blanca” para un renacimiento de la nueva confianza social.

Su obra hace pensar en su historia. Chagall nació en una aldea en Rusia, en una familia de origen judío y fue el mayor de 9 hermanos. Desde su adolescencia se vinculó con el arte y viajó a París ya siendo un reconocido pintor. Regresó a su país natal donde formó su familia. Involucrado socialmente, participó de manera activa en la Revolución Rusa. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que exiliarse en Estados Unidos tanto por su origen judío como por su provocador estilo artístico. Allí sus pinturas alcanzaron un notable reconocimiento.

Sin embargo, en el año 1948 Marc decide regresar e instalarse definitivamente en Francia donde desarrolló su obra. Sus inicios fueron inspirados por grandes artistas como Matisse, Picasso y Braque. Luego su obra fue plasmando las memorias de su infancia y el folclore popular ruso, temas que marcaron una impronta en su arte.

Murió a los 97 años dejando un caudal de obras como “Yo y la Aldea”, “Autorretrato del artista”, “La casa gris”, “La creación del hombre”, entre otras.

Hoy encontramos a Chagall en las catedrales de Zurich y Reims (Francia), en la Opera de París, o en la Metropolitan Opera House de Nueva York. También podemos verlo en una plaza en el centro de Chicago y en el museo de Vitebsk que lleva su nombre, entre tantos otros lugares.

Recorrer su obra nos hace creer que Chagall no envejece, porque su prestigio angelado es la cultura del trabajo y el silencio.



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