13/06/2024

La fuerza de los «Albañiles» | El equipo de fútbol americano que ayudó en los comienzos del Proyecto Manhattan



El Proyecto Manhattan se distribuyó en numerosos centros de investigación en distintas ciudades a lo largo de Estados Unidos –principalmente–, Reino Unido y Canadá. El fin principal del plan era la creación de las primeras armas nucleares para utilizarlas en la Segunda Guerra Mundial. Se estima que se emplearon a más de 130.000 personas, entre ellos científicos condecorados, como Robert Oppenheimer o Enrico Fermi, y también a los jugadores de los Columbia Lions.

Fermi huyó de la Italia fascista en 1939 y llegó a las costas estadounidenses con el Premio Nobel de Física en su bolso. Apenas el italiano puso un pie en América le cayeron ofertas laborales de cinco universidades. Eligió la de Columbia. A los pocos días establecido recibe una noticia: se había descubierto la fisión nuclear de elementos pesados. El hallazgo fue comunicado por el físico danés Niels Bohr en una conferencia en la Universidad de Princeton.

Desde ahí Fermi tuvo como objetivo detectar la energía liberada por la fisión nuclear del uranio cuando se le bombardeaba con neutrones. Montó una sala secreta en el subsuelo del Pupin Hall (un edificio de la facultad). Solo había un inconveniente: cómo transportar los barriles de uranio y grafito hacia ahí. La respuesta estaba en los brazos de los jugadores de fútbol americano de la academia.

Los investigadores no se caracterizaban por su fuerza física, además de que eran solo seis los que componían el equipo científico, por lo que mover toneladas de materiales iba a suponer una pérdida de energía y tiempo incalculable. Igualmente lo intentaron. Terminaron cubiertos de polvo negro desprendido por el grafito, totalmente agotados y sin ganas de trabajar por el resto del día.

Mientras en el sótano se experimentaba a unos metros, y por encima del nivel del piso, los futbolistas entrenaban diariamente. Fuerza era lo que les sobraba. El Decano George Pegram propuso contratarlos y pagarles por hora de trabajo.

Los Lions tenían uno de los mejores planteles del país. En 1934 consiguieron el mayor triunfo de su historia al ganarle el Rose Bowl a los Stanford Indians por 7 a 0. El novelista y poeta Jack Kerouac integró cinco años más tarde el equipo dirigido por Lou Little, quien sirvió con distinción en la Primera Guerra Mundial.

Fermi quedó maravillado con el desempeño de los futbolistas: “Qué placer dirigir el trabajo de estos muchachos fornidos que enlatan uranio y lo introducen, manejando entre cincuenta y cien libras con la misma facilidad con la que otra persona hubiera manejado tres o cuatro”, comentaba.

700 personas de Columbia estuvieron implicadas a lo largo de los años en este proyecto, algunas sabían realmente en lo que se involucraban, otras no. En este segundo grupo quedaron los «albañiles». Así llamaba el físico italiano a los jugadores que cumplieron una labor clave en la construcción de los primeros reactores nucleares. No sabían lo que estaban transportando. El mundo tampoco conocía los efectos secundarios que puede provocar el constante acercamiento con el uranio.

Desde la primavera de 1941 hasta el verano de 1942. Meses y meses en los que estuvieron a centímetros de un mineral que se considera radiactivo; una de las consecuencias que tiene participar en un programa secreto. Erupciones en la piel, irritación de los pulmones, falta de aire, daño en los riñones e hígado, neumoconiosis y hasta cáncer de huesos pudieron haber padecido, pero hasta la fecha se desconoce si alguno sufrió una enfermedad ligada a ello.

El Pupin Hall albergaba dos de los departamentos más importantes de Columbia, el de física y el de astronomía. Los científicos atravesaban por la tarde el campus de la universidad para llegar a ese lugar que solo ellos y los deportistas conocían. En algunas ocasiones ese corto trayecto se dificultaba por los alumnos que se juntaban a protestar por diversas cuestiones. Fermi miraba la ciudad desde su despacho: «Imagínese, una pequeña bomba como haría desaparecer todo esto», le decía a sus compañeros.

Cruzando el Central Park se veían tres altos edificios, eran los almacenes Baker y Williams que resguardaban el uranio que se utilizaba en las investigaciones. El empresario belga Edgar Sengier armó su oficina en el Edificio Cunard a unos 12km de Pupin Hall; él fue el encargado de extraer y suministrar dos tercios del total de los minerales empleados.

Tiempo más tarde Fermi se contactó con la milicia de Estados Unidos para comunicarles sobre la proyección y potencial de la investigación. La Marina vio futuro y aprobó un presupuesto para continuar con los experimentos en Columbia. El sótano quedó chico. Los Lions agruparon seis toneladas de uranio y treinta de grafito en el Schermerhorn Hall, también perteneciente a la universidad.

Tres años después Oppenheimer fue designado, para sorpresa de muchos, como el director científico del proyecto por Leslie Groves, el alto mando a cargo. Preocupado por la viabilidad de llevar a cabo la bomba atómica se dispuso a encontrar una locación secreta donde pudiera estudiar, calcular y experimentar el posible uso de la misma. Tenía un rancho cerca de Albuquerque, pero no convenció a sus superiores. Le recomendaron un lugar cerca de la villa de Jemez Springs, al físico norteamericano no le cerró la propuesta; creía que las grandes rocas que contorneaban el sitio podían causar claustrofobia en los futuros trabajadores y además pronosticaba que las inundaciones iban a ser un problema recurrente. La sugerencia de la Escuela Rancho Los Álamos se deslizó sobre la mesa a lo que Groves respondió: “Este es el lugar”.

De Nueva York a Nuevo México. Oppenheimer le propuso a Fermi un empleo en Los Álamos, él aceptó, ya habían trabajado juntos en el Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica. Juntos llevaron adelante este proyecto que alcanzó su final en los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki. Hoy, a unas pocas cuadras de donde juegan los Columbia Lions se alcanza a ver la estatua del monje budista japonés Shinran Shonin: un poco oxidada, con sandalias y bastón y un gorro triangular que no deja que se le ilumine la cara. Esa figura fue una de las pocas cosas que sobrevivieron en Hiroshima ese 6 de agosto de 1945.



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