02/03/2024

Cómo es «Bazzar», el espectáculo que el Cirque du Soleil trajo a la Argentina | Estrenó en la noche del viernes en Costanera Sur



Un detalle en el comportamiento del público llama la atención en la función que marca el regreso del Cirque du Soleil a la Argentina: si bien lo que pasa delante de sus ojos mientras come nachos o pochoclos es, como es de esperar, impactante, prácticamente no filma con sus celulares, algo que tiene permitido. La concentración es casi total. Quizá sea por eso, por lo imponente que es lo que está viendo, tanto como para tener más ganas de vivirlo que de mostrarlo. No es actualmente algo común de ver esto que sucede en el estreno en el país de Bazzar, el viernes por la noche, en la gran carpa instalada en Costanera Sur.

Pasaron cinco años de la última visita del Cirque a la Argentina, pandemia mediante. Y el público porteño —2600 personas en la primera función, según la organización– lo recibe con la emoción intacta, quizá intensificada: a puro aplauso, gestos de asombro en los rostros –lindo ver a les niñes–, muchas risas, en un show que propone mucha interacción y alusiones constantes a este punto del mapa.

Colorido y enérgico, de estética ochentosa, Bazzar no es tan imponente como otros shows que anteriormente se vieron en Buenos Aires. Es más breve y el elenco es menos numeroso. Anunciado como una suerte de regreso a los orígenes del grupo fundado en 1984 por Gilles Ste-Croix y Guy Laliberté, pone el foco en las posibilidades de los cuerpos de los intérpretes. La compañía con base en Quebec arrancó trabajando en la calle, de manera muy diferente en comparación al despliegue que ahora la caracteriza. La intención, entonces, es traer a la actualidad algo del antiguo espíritu.

El dúo de trapecio, otro de los grandes momentos del show.

«Bazzar celebra la simplicidad de mostrar hermosas proezas físicas sin una gran cantidad de tecnología. La belleza de lo que hacemos nos recuerda a todos cómo podemos entretenernos sin estar en nuestros teléfonos o depender de la tecnología», decía –casualmente o no– a esta cronista días atrás el director artístico del espectáculo, Johhny Kim. Bazzar, con 35 artistas de 27 países, se llama así en alusión a los mercados tradicionales, por su «alta energía, la colisión de sonidos y colores» y el encuentro de «diversos personajes». 

De entre todos los números el que más deslumbra es el que está a cargo, justamente, de una argentina: Josefina Oriozabala, quien brilla colgada de un rodete y un arnés a 10 metros de altura. Su número de suspensión capilar –que le exige no lavarse el pelo todos los días ni teñirse– es el cierre del espectáculo, con rápidos giros y belleza coreográfica durante poco más de cinco minutos. El dúo de trapecistas –con el chico colgado sosteniendo a la chica de los brazos, de la cabeza, o quedando colgado de sus piernas; y los tramos en los que se enredan y entrelazan–; el solo de un artista de calza naranja copando el aire de muchas formas posibles, abriendo totalmente las piernas; otro solo de una artista en la cuerda que desciende en sintonía con la melodía del piano son escenas destacadas.

Es una propuesta que está lejos, por ejemplo, de aquella «Rueda de la muerte» que se vio en Kooza (2016), un aparato metálico de más de 700 kilos que giraba a 50 kilómetros por hora, impulsado por dos artistas que saltaban y hacían acrobacias en el aire. También, de la belleza visual, cinematográfica, de la anterior Varekai (2012), que retrataba el mito de Dédalo e Icaro con casi el doble de artistas en escena.

Bazzar es colorido y enérgico.

Con la exigencia al máximo, no hay ejemplo en que ellos no sean los héroes de la experiencia. La simpleza de Bazzar acentúa esto. El hilo argumental tiene menos peso, algunas proezas son más minimalistas, los números son más solitarios que corales, por ende cobra relevancia el rol de los acróbatas. Cuando terminan de hacer lo suyo –que dura unos pocos minutos pero conduce a imaginar cuánto tiempo hay que entrenar, qué vida hay que llevar para hacer una cosa así, para tener esa flexibilidad, esa resistencia, o cuán lejos hay que estar del miedo y del vértigo–, clavan la mirada en el público, esperan el aplauso como si fuera una inyección de energía, y lo reciben, incluso y por suerte, si hubo un traspié. 

La música tiene más protagonismo que otras veces, fluyendo desde los costados del escenario e irrumpiendo también en el centro de la escena y en un puente que asoma desde atrás.

Estructurada en seis bloques y en espacios escenográficos que cambian su forma, la sucesión de números combina momentos más sobrios y tranquilos con otros más explosivos, como los de malabares –de a seis clavas– o la bicicleta, también aprovechada al máximo. La novedad es el Mallakhamba, deporte tradicional de la India, con dos gimnastas realizando posturas aéreas de yoga y agarres de lucha en un poste de madera fijo. Impresionante ver cómo quedan aferrados de costado. Otros números son balancín, acarreo, contorsión, dúo de patines y cuerda floja (algunos, como la manipulación de fuego, fueron anunciados pero no aparecieron).

La historia que se cuenta es más sencilla que otras, el punto más flojo de la propuesta. El personaje principal es un Maestro que busca devolverle vida a su orquesta. Un Mini Maestro es su protegido, a quien guía para que aprenda a dirigir. Otro de los personajes es la joven de la cuerda, el amor del Mini Maestro, la Mujer Flotante, y tiene mucha importancia el sombrero del Maestro.

Gran parte del tiempo, desde el lugar técnico del clown, el Maestro (encarnado por el australiano Steven Bishop) está interactuando con el público, que en estado de embeleso se entrega, como cuando él juega con notas musicales y luces en el piso y pide a los distintos sectores de la platea, a los que va señalando con su batuta, que entonen un «aaaah» y levanten y muevan las manos. Las referencias a la Argentina son constantes; a través de ellas Bishop se mete a los espectadores en el bolsillo. «¿Qué onda che?», «¡Qué piola!», «Grooooso», dice. También: «Vayan por mate», «Compré esta ropa en Once», «Mi favorito es choripán con chimichurri» y «Qué mirás bobo», lo que lleva a algunes a gritar «¡Aguante Messi!».

En cuanto a la música, sobresale la cantante Tamara Dikyová, muy al frente durante las dos horas que dura el show (con intervalo de 25 minutos). Compuesta por Simon Carpentier, intenta una mezcla entre sonidos electrónicos y acústicos para evocar la sensación de estar «tocando en la calle con un toque moderno». Es una música folk electrónica que se sostiene en cuatro instrumentos: voz, saxo barítono, guitarra acústica y piano. También la danza está contenida en Bazzar. Respecto del vestuario, está inspirado en los ochenta y es muy colorido.

La experiencia se completa en el área de alimentos y bebidas y merchandising, donde algunos objetos se consiguen a precios exorbitantes, por no decir absurdos, más inflados que la inflación: una ecobag a 5 mil pesos, un set de posavasos a 4 mil, tazas a 10 mil. También en esta parte hay stands en los que los presentes pueden sacarse fotos subidos a ruedas de bicicleta o con clavas. Se arman filas y puede haber peleas insólitas entre adultos porque algunos quieren sacarse fotos antes que los niños (totalmente a contramano de la actitud contemplativa del espectáculo). Más fila hay para un juego digital con premio aleatorio que la mayoría de las veces es decepcionante: una cinta de uno de los sponsors del Cirque. Todos los stands para sacarse fotos nombran a las marcas –mencionadas incluso en medio del espectáculo–, lo que enfatiza el costado comercial del acontecimiento por sobre el artístico. 

Y lo que demuestra que el retorno a los orígenes, a estas alturas, no puede ser total, porque eso que empezó en una villa en las costas del río St. Laurent cerca de la ciudad de Quebec es hoy una mega empresa que logró reinventar el negocio del circo y que en Argentina puede cobrar entradas de hasta 72 mil pesos (arrancan en 14.500). Para más paradojas, la gran carpa y sus hermanas se levantan al lado del barrio Rodrigo Bueno.

La torre que tres mujeres arman con sus cuerpos.

Con Bazzar el Cirque vuelve a demostrar lo que es: una maquinaria casi perfecta. Puede haber matices con lo anterior, sí, pero la fórmula es siempre la misma: una historia y una serie de destrezas a cargo de artistas destacados –con alguna nueva–, más música vestuario y escenografía. Una fórmula predecible, pero que impacta cada vez.

*Las funciones son hasta el 30 de julio en Avenida España 2330.



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