22/04/2024

Italo Calvino: un amigo argentino y su elogio de la rebeldía y el ‘no’ | El autor de «Las Ciudades invisibles»



Celebrar el centésimo cumpleaños de un ser querido es, cuanto menos, algo inusual. Más aún si ya no está presente entre nosotros. Sin embargo, este año varias ciudades  homenajeron a un «amigo» italiano en su centenario: el 15 de octubre de 2023, Italo Calvino, un escritor muy unido a la Argentina, hubiera cumplido cien años. 

Italo Calvino y su vínculo con Argentina

Se trata, en todo caso, de una argentinidad sutil pero apasionada. Acaso porque Italo Calvino estaba casado con la argentina Chichita Calvino, porque escribió un extraño cuento llamado “La hormiga argentina” o por haberse entrevistado con el Che Guevara en Cuba (país en el que Ítalo nació y vivió hasta los dos años). Además, fue Aurora Bernárdez, pareja de Julio Cortazar, la traductora de gran parte de su obra al castellano. Por todo esto y más, queremos tanto a Ítalo Calvino.

Pero hay algo más: Calvino es querido y querible por haber dicho “no”. Justo él, que luchó junto a los partisanos italianos contra los nazis (los alemanes habían secuestrado a su familia), y que en 1956 renunció a la militancia en protesta por los sucesos de Hungría. Una claridad política y coherencia ideológica que mantuvo siempre: se negó a visitar la Argentina bajo la dictadura y llegó invitado para la primer Feria del libro de Buenos Aires de la democracia, en 1984.

Entre la vanguardia y el clasicismo, la obra de Italo Calvino es variada y se supera a sí misma: metatextual (como en Si una noche de invierno un viajero), intertextual (Por qué leer los clásicos) y hasta paratextual en Las cosmicómicas, donde ciencia ficción se entrelaza con ensayo y sátira. Y, sobre todo, un necesario elogio de la rebeldía: “He dicho que no y no quiero” dice un chico de doce años al comienzo de El barón rampante

De Calvino a Guerriero y Jarrett: rebeldía y «no»

Leila Guerriero, exploró el «no» en su íntimo relato “El no es un peligro vivo”: Le debo al no un puñado de certezas —escribe Leila— : no creo en Dios, no necesito casarme, no quiero hijos. El pianista Keith Jarrett convocó a todos los “no” posibles durante un concierto el 24 de enero de 1975: un piano defectuoso que no quería tocar y una gira que no lo complacía. Con eso creó el famoso Koln Concert, una obra maestra que perdura en el tiempo.

Si entendemos que el «no» es la antítesis del silencio y sinónimo de sublevación, Eduardo Galeano lo ilustró de manera magistral en Las venas abiertas de América Latina. El historiador inicia el libro con una cita de la Junta Tuitiva de Bolivia en 1809,  texto precursor de la lucha por la libertad en América: «Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez»

He dicho que no y quiero”, entonces, exclama ese joven noble que se resiste a un almuerzo espantoso de caracoles cocidos. Retado por sus padre, Cósimo decide subirse a la encina del jardín familiar. Y no baja. Nunca. La metáfora es inmejorable: caminar de rama en rama, el paso dubitativo nunca firme ni seguro, equivale a no pisar jamás el suelo seguro de la adultez y del aburguesamiento familiar. 

Trepar a las alturas no es el estereotipo del hombre “trepador”, sino un desafío en serio y también un juego… como cuando un chico sube hasta la copa. El árbol es así un puño, un golpe a mano cerrada. Como la portada de la edición de Compañía General Fabril Editora, la versión que más se conoció en Argentina.

El árbol como símbolo de  puño y resistencia, en la portada de «El barón rampante» 

Cósimo: un personaje que desafió las normas

Ningún intento por capturar a Cósimo funciona, hasta que la familia se acostumbra y se da por vencida. En el puber que subió al árbol en 1767, se convierte en adulto y participa tanto de la revolución francesa como de un antológico encuentro con Napoleón (el capítulo 28, casi al final). En el axioma aristotélico, el Barón Rampante sería mucho más que un animal político: el haberse separado de los demás , gracias a su determinante “no”, lo hace más humano y comprometido con su tiempo. 

Enciclopedista y curioso, el protagonista es más libre, mientras más culto es. La «altura» a la que aspira es utópica: fundar un estado ideal sustentado en árboles y la Razón Universal, la «República de Arbórea» (que podría caber en Las ciudades invisibles). «Una persona se fija voluntariamente una difícil regla y la sigue hasta sus últimas consecuencias ya que sin ella no sería él mismo ni para sí ni para los otros”, escribió Calvino en el prólogo. ¿Qué quiso decir? Que Cósimo gana en perspectiva. El alejamiento no lo convierte en misántropo, sino todo lo contrario.

Viola y las mujeres en El Barón Rampante

Dentro de El barón rampante, que forma parte de la saga Nuestros antepasados  con las novelas El vizconde demediado y El caballero inexistente, los personajes femeninos tiene un encanto especial. Son figuras fuertes, “tarantinescas” y singulares, incluso en sus roles secundarios. 

La madre de Cósimo, Corradina von Kurtewitz, apodada ‘la generala’, es una figura de ternura marcial. Una suerte de ‘Evita capitana’ avant la lettre, con una historia de descendientes militares. Su hermana, que mata caracoles a escopetazos, opta por la vida monástica luego de un episodio confuso en el que intenta abusar de un hombre.

La otra protagonista de la novela es Viola, Violante de Ondariva, «la Sinforosa» a quien Cósimo conoce cuando decide no pisar jamás la tierra. Subir, ascender, escalar, son, en El barón Rampante, alegorías de enamorarse. Y viceversa.

Luego de muchos años, Viola vuelve a la finca donde conoció a Cósimo. Adulta, casada y y viuda. Hermosísima. «No era una jinete, era una amazona, corría a rienda suelta y era rubia» la describe él al verla acercarse. Son dos enamorados-centauros: mitad humanos y mitad salvajes que apenas pueden contenerse, corcovear y relinchar en silencio. Como el Corto Maltés y Pandora, se desean pero aún no se atreven a tocarse, como si los invadiera un miedo a contaminarse.  

Cuando Viola sube con él a la copa del árbol, en el extraordinario capítulo 23, la acción se desenvuelve así:

– Pero, ¿adonde me estás llevando? -decía Viola como si fuese él quien la conducía, no ella quien en verdad lo arrastraba.

Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad no se había conocido nunca. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aún habiéndose reconocido siempre, nunca se había podido reconocer así.

Ítalo Calvino (Wikipedia)

El “no” final de Cósimo

Hacia el desenlace de esta fábula de amor, pensamiento y elevación obstinada, la trama asciende. Forma y contenido comparten las raíces y la prosa se arboriza. El hermano de Cósimo, narrador de la novela, escribe como si hojas, tallos, tierra, lóbulos y penachos fueran parte de un estilo que levita hacia ramas de ideas, oraciones y párrafos. 

“Se enrosca, corre, devana y envuelve un racimo de palabras, sueños y se acaba”. Son las últimas palabras de la novela, antes de que el indomable enciclopedista que jamás pisó el suelo, más añoso que anciano, se sujete a un globo aerostático hacia el cielo, congelado en una imagen de victoria que no cae jamás.

Algunos finales, aunque escasos, brillan gracias a su ‘no’. El desenlace de ‘Annie Hall’ de Woody Allen, donde los amantes no regresan, pero se reencuentran. Ciertas canciones de Bob Dylan, como “I contain multitudes” y su remate: Haré todo lo posible para que no quede ningún amor olvidado.

Como el “no” de Cósimo. En quien el lector confía y siente cercano y compinche. Un amigo fiel a sus promesas. O, como dice Cósimo: “¡No bajaré nunca más!”. Y mantiene su palabra.



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